Roberto Calasso sobre cómo ordenar una biblioteca

Las eruditas y exquisitas recomendaciones del escritor y editor italiano Roberto Calasso, dueño de una insuperable cultura libresca.

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Roberto Calasso, probablemente el hombre más culto de nuestra época, cumplirá 80 años este año pero, por fortuna para sus lectores, se encuentra posiblemente en el periodo más prolífico de su carrera literaria. En el último lustro Calasso ha publicado El Cazador CelesteLa actualidad innombrableIl libro di tutti i libri (sin traducción todavía), Como ordenar una biblioteca y más recientemente, La Travoletta dei Destini (sin traducción todavía). Por supuesto, esto no significa que Calasso haya escrito estos libros en este periodo, solamente los ha concluido, ya que Calasso trabaja simultáneamente sus libros y el tronco central de su obra constituye un libro único que se va bifurcando, como un laberinto, en varios tomos. Ese laberinto o esa alfombra de viñetas interconectadas es la modernidad y los mitos e ideas que la subyacen. Su obra única alcanza ya once tomos, empezando con La ruina de Kasch (1983), el texto que Calvino acertadamente distinguió por tener dos temas: “uno es Talleyrand. El otro es todo lo demás.” Este es el tamaño del proyecto de Calasso, pensar la totalidad, algo que es posible solamente excavando e internándose en los mitos y las imágenes primordiales que aparecen en los grandes textos de la literatura (y la literatura es todo, subsume a la religión y a la filosofía), los cuales nos crean más a nosotros de lo que nosotros a ellos: en ellos nos movemos y tenemos nuestro ser. Valéry escribió: “Al principio era la fábula.” No hay un antes del mito, de la narración, de la imagen mental. Calasso es nuestro gran re-fabulador.

En un pasaje de La ruina de Kasch, Calasso describe el periodo después de la revolución francesa en el que Talleyrand se convirtió en el (último) “maestro de ceremonias” de la Historia:

La Historia de la que aquí se habla es “sinóptica y simultánea” es la desmesurada alfombra sin límites en la que es posible “yuxtaponer y anudar, estrechamente, bajo la mirada, los acontecimientos más dispares y más distantes”, [Léon Bloy, El alma de Napoleón] donde los hechos y los comentarios sobre estos permanecen perpetuamente atados a un lecho de tortura y de placer, donde las formas y las fuerzas no alcanzan a distinguirse, donde la mirada está desde siempre expuesta al “terrible peligro de tocar los símbolos” [Ibid]. Cualquier juicio es aquí un hilo perdido en la urdimbre de la alfombra y la única pretensión es la de sumarse con su tenue color a la trama del conjunto.

En este pasaje se asoma el mismo Calasso, tejiéndose a sí mismo en la trama de la “alfombra”, como el Tiepolo que en ocasiones se insertaba furtivamente a sí mismo en sus pinturas. Calasso podría estar describiendo lo que es La ruina de Kasch y en general su obra entera. Pero esta descripción también evoca de manera exacta la naturaleza del sacrificio, específicamente el sacrificio védico, en el que se recapitulaba el todo, se tejía la madeja que conectaba al cielo con la tierra, y se santificaba un lugar donde los dioses y sus historias, sus “torturas y placeres”, volvían a ocurrir, en torno al altar del fuego

El texto que nos concierne aquí, Como ordenar una biblioteca (Anagrama, 2021), es un pequeño excursus que no es parte de su obra única sino una una serie de ensayos basados en conferencias sobre el quehacer de un editor y de un comprador de libros experto. Calasso no es sólo el más grande escritor de nuestra época, probablemente sea también el más refinado de los editores y aunque su opúsculo tiene un tono ligero, una cierta sprezzatura (“lo opuesto a la afectación”, el gesto sin esfuerzo), no deja de ser una rica lección sobre el arte de la lectura y la valoración de ese objeto único e insustituible que es el libro. En las últimas décadas, después de Borges, nadie ha contribuido tanto como Calasso a hacer que nos enamoremos de los libros y a elevar la literatura al lugar privilegiado en la expresión del espíritu. Borges imprimió en los lectores la noción de que una biblioteca era lo más parecido a un jardín paradisíaco y que el escritor participaba en la imaginación que sueña el mundo. Calasso nos ha enseñado que, si bien los dioses parecen haberse retirado del acontecer mundano, aún aparecen e irradian en las páginas de ciertos libros, en las obras de ciertos autores que, como los rṣis védicos, establecieron una conexión vibrante con lo invisible. La literatura se convierte en la región en la que el pensamiento todavía se puede encontrar con lo divino y con lo misterioso, gracias a estos escritores que aislados de la sociedad, siguiendo lo que Simone Weil describía como “el pacto entre tú espíritu y el universo”, logran vincularse con lo absoluto y lo hacen tangible usando el pensamiento analógico. Las letras se vuelven una religión con misticismo pero sin dogmas o fanatismo. Acaso como eran las religiones, esos brotes de ebriedad luminosa, conjeturamos, antes de convertirse en religiones organizadas. Hay tal cosa como el culto de Baudelaire y la “ola de Baudelaire”, que atravesó el paisaje europeo como esa  meliflua ola en los Vedas que fluye desde el cielo al corazón y que trae el soma que ha sido extraído de la cuevas del demonio Vṛtra, el que “oculta” o “envuelve”. Pues “esos poetas de ayer,” dice un himno del Rigveda, “abrieron las cuevas e hicieron la luz con sus mantras”, con sus metros, con sus plegarias. En la ola de Baudelaire estaba ese placer y esa vitalidad que hacen arder el pensamiento sobre las aguas, pero su gloria era menos pura, decadente. No en vano habían pasado 3000 años.

El Calasso que escribe en Cómo ordenar una biblioteca, es el editor de Adelphi, el barón de las letras continentales, que ha sido llamado “una institución literaria de una sola persona”. Es el hombre que no sólo conoce el contenido de miles de libros (su biblioteca supera los 30 mil ejemplares)  sino los vericuetos y los imbroglios que existen en su hechura y entre los hombres y las mujeres que son sus protagonistas. Pero ante todo es el hombre que tiene una relación mágica con los libros, desde su infancia, que es un terreno sagrado sólo porque habían ciertos libros que brillaban con una aura misteriosa. El pequeño Calasso jugaba a un lado de los libros de su padre, profesor de derecho en la Universidad de Florencia, y leía nombres de juristas medievales que ahora suenan como una constelación de alquimistas:

Donellus, Cuiacius, Albericus de Rosate, Baldus Ubaldis, Azo, Bartolus de Saxoferrato, Matheus Afflictis, Fulgosius, Placentinus, Zaballera: era imposible no leer esos nombres cada día, incluso mientras jugaba. Podían parecer extraños y hostiles, como inevitablemente lo parecen en cierto momento a todos los niños las cosas de los adultos. Después, poco a poco, debieron de emanar una sutil fascinación, por la mera fuerza de su sonido, y siempre ligado a la sensación de desmesura, benéfica preeminencia de lo desconocido sobre lo conocido. Sensación sin la cual no se da ni siquiera el primer paso del conocimiento -y permanece intacta hasta el último- aunque no sea perceptible desde el exterior.

Vemos aquí el despertar de la curiosidad literaria y la sed de conocimiento, procesos idénticos para un lector. Y que ocurren primero por esa fascinación sonora, por una inclinación hacia la forma, y luego se expanden con el deseo de explorar lo desconocido. La puerta es la “desmesura”, una cierta ebriedad que es capaz de impulsar en la oscuridad, pues existe la “preeminencia de lo desconocido”, como es apropiado. Calasso aprendería a leer en la escuela latín y griego antiguo. Su madre era profesora de literatura alemana, especialista en Hölderlin, y desde su juventud dominaría el alemán y traduciría obras de Nietzsche y de Karl Krauss para Adelphi. A través de su abuela le llegaría el amor por la literatura francesa y Baudelaire, su semblable, su frère espiritual. En la universidad se licenciaría en letras inglesas con una tesis sobre los jeroglíficos de Sir Thomas Browne (publicada en español por Sexto Piso), demostrando que a los veintiuno o veintidós años, Calasso ya era un profundo pensador hermético. Más tarde se internaría en la “selva de mitos” que es India y aprendería el sánscrito, la “lengua perfecta”. Este pasaje nos regala un atisbo de todo su aventurarse literariamente a lo desconocido.

La labor de ordenar una biblioteca podría parecer una actividad menor. Pero para un lector dedicado constituye algo vital, tan importante para su mente como podría ser la meditación o ciertos ejercicios de respiración. La forma en la que ordena sus libros, en el mejor de los casos, puede generar felicidad y encanto recurrente. Una biblioteca, nos dice Calasso es una radiografía psíquica, un vistazo a la estructura neuronal y a las ramificaciones de la mente de su dueño. Invitar a alguien a nuestra biblioteca desnuda es como dejar que nos vea en la intimidad o permitirle que hojee nuestra carta astral. En su ordenamiento puede ser por ello recomendable guardar un cierto pudor, un instinto de protección. (Calasso ha optado por cubrir los libros de su biblioteca con un fino papel de seda que se llama pergamino. Un gesto ético y estético, que a la vez revela una magnificencia casi erótica, como regalarle a un amante una bata de baño).

Calasso inicia diciéndonos que ordenar una biblioteca “Es un tema altamente metafísico”, digno de un tratado filosófico, pues en ello nos enfrentamos con la cuestión de qué es el orden, y con la ambivalencia de que un “orden perfecto es imposible”, pero, por otro lado, es indispensable para vivir. En el orden de la biblioteca -por espejo y en enigma- está también el orden del universo, y la relación entre el espíritu, cuya naturaleza es “soplar por donde quiere”, y la necesidad y el límite. Ordenar una biblioteca es además un ejercicio metafísico, pues los libros son por antonomasia los objetos metafísicos, que, cargados de aura, almacenan la sustancia mental  y nos ligan a la distancia con los autores y con principios y cuestiones universales. Walter Benjamin, otro escritor afín a Calasso, escribió que la lectura es la forma suprema de la telepatía.

Ordenar una biblioteca, aunque una labor esencial, es un hecho siempre contingente y parcial. “En estos ámbitos, todo orden no es sino un estado de inestabilidad sobre el abismo,” observa Benjamin, citado por Calasso. Admitiendo que no hay una “solución” y que “una biblioteca es un organismo en permanente movimiento”, aun así existen estrategias de órdenes más felices que otros. “En lo que se refiere a los libros, el mejor orden no puede sino ser plural, al menos tanto como lo sea la persona.” Con esto Calasso sugiere que vayamos más allá del ordenamiento alfabético, sin que por ello lo abandonemos completamente: “inevitable en algunas áreas, el orden alfabético, resultaría letal si se aplicara a todas ellas.” La pluralidad significa crear islas de simpatía -pues algunos libros (o temas) desean y merecen estar juntos, son atomes crochus– y ante todo instaurar “la ley del buen vecino.” El modelo es Aby Warburg, el historiador y arqueólogo de las imágenes primordiales, cuya biblioteca hoy es el Instituto Warburg, la cual Calasso frecuentó cuando estaba escribiendo su tesis en Londres, como él mismo le confesó traviesamente a The Paris Review, bajo los voluptuosos efectos del hachís.

Debe ser, además, sincrónico y diacrónico a la vez: geológico (por estratos sucesivos), histórico (por fases y caprichos), funcional (en relación con el uso cotidiano en un momento determinado), técnico (alfabético, lingüístico, temático). Está claro que la yuxtaposición de estos criterios tiende a crear un orden por parches, muy cercano al caos. Lo cual puede suscitar, según el momento, alivio o incomodidad. La única regla áurea es la del buen vecino, formulada y aplicada por Aby Warburg, según la cual en la biblioteca perfecta, cuando se busca un determinado libro, se termina por tomar el que está al lado, que se revelará aún más útil que el que buscábamos.

El encuentro de un “buen vecino” es obra de la sensibilidad del bibliotecario a secretas relaciones o la epifanía del “ángel de la biblioteca” (siguiendo el término de Koestler). De cualquier manera constituye esa cifra incuantificable, toque de caos y de je ne sais quoi, que permite la aparición de una sensación de espontaneidad y gracia dentro del orden de la biblioteca. Es aquello que nos permite experimentar la biblioteca como un organismo vivo -y no como un algoritmo- que pareciera escapar a la razón, abierto a la sincronicidad y a la serendipia. Al encontrar el libro sorprendente que ilumina el instante -en el orden de kairos más que de chronos– el pensamiento ve reflejado su destello en el mundo.

Warburg era afecto a libros de chamanismo, astrología, alquimia, simbolismo y eso lo hace todavía más el modelo a seguir en la mente de Calasso, que es también un arqueólogo de imágenes emotivas que se repiten, de pathosformel (como el gesto ondulante de la ninfa y de la espuma). Fritz Saxl describe la biblioteca de Warburg: “Cada paso adelante en su sistema de pensamiento, cada nueva idea acerca de la interrelación de los hechos lo inducía a reagrupar de otro modo los libros que se veían implicados.” Esta materialidad de los libros, su ocupar el espacio y señalarlo, es justo lo que no se puede obtener con los libros digitales. Los libros son también aquello que nos permite ver nuestro pensamiento desdoblado en el mundo y formar relaciones no sólo espacio-mnemónicas sino musculares con él.

Los libros de la Kulturwissenschaftliche Bibliothek Warburg de Hamburgo  (lo que sería el Instituto Warburg) “seguían un criterio sorprendente, cuya fórmula puede ser aforísticamente definida como un intento de reproducir en el espacio la trama del pensamiento del propio Warburg,” explica Calasso.  Según Warburg, el carácter de la biblioteca debía ser “un nuevo y único lugar psíquico”, concebido para “mostrar las formaciones de imágenes y el orden conceptual en un sentido psicológico-histórico como una oscilación intrínsecamente unitaria entre los dos polos.” La biblioteca como “lugar psíquico”, esa sería la aspiración de quien construye y ordena su biblioteca.

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