¿Por qué el amor elimina las aflicciones mentales y puede transformar a las personas?

Sobre la eficacia causal del amor y su influencia en la salud.

Aunque esto es algo difícil de medir cuantitativamente o desde una perspectiva científica de tal manera que se pueda hacer una “teoría”, resulta obvio que el amor tiene una cierta eficacia para sanar las aflicciones mentales y, debido a que la salud física depende en gran medida de cosas como el estrés o la ecuanimidad, es también un importante factor en la salud en general. Quizá, si ampliamos nuestra definición de salud a una noción que incluya mente, cuerpo e incluso espíritu, podemos decir que el amor es lo más importante para una salud auténtica o integral.

Hay diversas formas de argumentar esto. Desde una perspectiva científica existen numerosos estudios que sugieren que las personas que tienen relaciones íntimas significativas viven más tiempo, son más felices y en general tienen una menor propensión a todo tipo de enfermedades. Un caso especialmente agudo es el que se ha documentado con bebés que desafortunadamente no reciben cuidado maternal al crecer: estos bebés suelen tener una gran cantidad de problemas psicológicos y físicos y muchos de ellos incluso llegan a morir, de tal forma que no es mero romanticismo decir que el afecto es esencial para la vida.

Por otra parte, podemos remitirnos a la experiencia personal. Cuando sentimos que somos aceptados incondicionalmente, cuando tenemos la seguridad de una mirada amorosa, cuando tenemos el estímulo de una persona en la cual encontramos un espejo amable, nuestra vida cobra significado y encontramos motivación para llevas a cabo acciones que contribuyen a nuestro desarrollo. En gran medida, el amor es la base para la construcción de hábitos positivos que nos conducen, si no a la felicidad (pues ésta es más elusiva) sí a una vida con significado y propósito. Los efectos del significado fueron documentados por Viktor Frankl y más recientemente por científicos que atribuyen a lo que llaman eudaimonía (rescatando el término aristotélico) una modulación positiva del sistema inmune. El amor, valga el cliché, nos da fuerza.

Ahora bien, este artículo no quiere meramente eulogizar en torno al amor y demás. La intención es cuestionar por qué ocurre esto. ¿Por qué el amor tiene una especie de potencia o eficacia causal positiva o, en otras palabras, por qué se traduce en bienestar para el individuo y la sociedad?

Una forma pesimista de entender esto nos la da Schopenhauer, quien en su obra maestra El mundo como voluntad y representación explica que el placer que nos proporciona el amor es una especie de truco o espejismo biológico, con el que la voluntad (o lo que hoy llamaríamos la “evolución” o los “genes”) se perpetúa a sí misma. “Todo enamoramiento por muy etéreo que guste aparecer, únicamente arraiga en el instinto”, escribe el filósofo alemán. “El instinto sexual sabe adaptar con destreza la máscara de una admiración objetiva y engañar así a la conciencia; pues la naturaleza precisa de tal estratagema para sus fines”.

Aunque aquí Schopenhauer explica principalmente el amor (y su placer) como la ficción creada por la reproducción (una maya biológica), podemos extender este juicio y suponer que los mismos beneficios reales o percibidos que produce el amor son correlativos a esta mismo instinto de supervivencia. El hecho de que el amor sea también un factor de salud se alinea perfectamente con esta idea de supervivencia de la especie en la que los individuos no tienen verdadera importancia: serán aquellos genes más sanos los que se transmitan para así asegurar la permanencia de la especie (de lo “universal” en lugar de lo “particular”).

Lo anterior es sin duda interesante pero finalmente recae en un entendimiento mecanicista del universo, en un concurso de fuerzas ciegas y quizá podría leerse como una postura nihilista. Más atractiva, filosóficamente, nos parece la idea de que la razón por la que el amor tiene este poder o eficacia es que, de hecho, es equivalente o correspondiente con la realidad. En otras palabras, el amor es eficaz porque es la actualización o encarnación de la verdad, y de esta manera sintoniza o entra en ritmo con la misma naturaleza del universo.

En primera instancia esta lectura podría parecer un tanto new age, afectada por el optimismo barato de la espiritualidad moderna. Sin embargo, coincide de manera notable con algunos de los principios básicos de la filosofía budista, particularmente de la escuela del mahayana, con más de 2 mil años de desarrollo de un pensamiento sumamente sofisticado, en muchos sentidos anticipando a filósofos como Kant, Nietzsche o Wittgenstein, por citar algunos. Fundamentalmente, la tesis expuesta aquí sugiere que el amor (sea éste entendido como maitri karuna en sánscrito) coincide con la noción del sin-yo (anatmaselflessness) y con su posterior iteración, la idea de la vacuidad (sunyata). Evidentemente, lo que caracteriza al amor es que dirige su atención hacia el otro de una manera cuidadosa o cariñosa, buscando el bienestar del otro. Aunque podemos hablar con validez de autocompasión o de amor propio, nunca ocurre que el amor se dirija solamente hacia uno mismo; por el contrario, cuando una persona auténticamente siente amor hacia sí misma suele extender éste hacia los demás y no se detiene en pensamientos egoístas; si lo hace no podrá seguir cultivando el amor, pues su naturaleza es justamente darse, no quedarse dentro de uno mismo, siendo, por decirlo de alguna manera, una fuerza expansiva. Postulamos que el amor es la capacidad de beneficiar al otro (de darle energía a los demás, como ha dicho un maestro budista) y que su capacidad de actuar en el mundo (de hacer alarde de aquello que designamos popularmente como “la fuerza del amor”) depende justamente de que se olvida de la importancia personal y se abre espacio en la atención para dedicarse al otro en plena facultad. El egoísmo es siempre en detrimento del amor, pues constriñe la energía, aprieta las riendas de la mente y tensa sus límites hacia su propia esfera, desde la cual no puede extender esa mirada atenta, ese gesto empático e incluso esa inteligencia flexible que responde las necesidades del otro, justamente porque está allí disponible y con recursos para actuar.

Si el budismo está en lo cierto y la realidad absoluta del yo es una ilusión, puesto que éste es interdependiente y no intrínsecamente sustancial, entonces el amor sería una forma de acceder de manera activa a esta verdad, de hacer la  sabiduría real y poner en práctica la intuición viva del Buda y las posteriores consecuencias lógicas desarrolladas por filósofos como Nagarjuna. El amor, o la compasión, es para el budismo mahayana el método para alcanzar la iluminación, para hacer patente el entendimiento de la realidad, de la vacuidad de todos los fenómenos (o ausencia de yo permanente en las cosas). Resulta notable que las más importantes religiones y filosofías (como el platonismo) hablan consistentemente de la interdependencia del amor y la sabiduría o del amor y la sabiduría como los grandes caminos hacia la verdad última y la liberación.

Hemos teorizado aquí que el amor tiene un poder eficaz porque coincide con la realidad: una realidad insustancial en la que nuestro apego a una existencia individual, separada y absoluta es un error cognitivo que propicia innumerables sufrimientos. Ya lo ha dicho Dogen: al olvidar el yo, al dejar de lado esa insidiosa ficción, el universo mismo se actualiza, la separación se anula, la dualidad se desvanece. Y nos podemos remontar más atrás, a los orígenes del dharma indio, en la Brihadaranyaka Upanishad, donde el autor de este texto compara el estado último, el estado del Brahman, con el abrazo de un esposo y una esposa, en el que ya no se logra distinguir un afuera o un adentro, un tuyo y un mío.

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