El ejercicio para desarrollar la imaginación que Kierkegaard aprendió de su padre

El padre de Kierkegaard lidió con los problemas de salud de su hijo de la manera más maravillosa.

El filósofo danés Sören Kierkegaard fue un hombre sumamente peculiar y su genialidad en gran medida viene de un compromiso infinito con sí mismo. Parte de lo que lo hizo único sin duda tuvo que ver con su relación con su padre.

Kierkegaard, quien es considerado no sólo uno de los filósofos más influyentes del siglo XIX (aunque su influencia se hizo sentir más en el siglo XX) fue uno de los grandes prosistas de la literatura y practicó ese extraño género de los heterónimos. En un texto autobiográfico firmado bajo el nombre de Johannes Climacus (titulado también Johannes Climacus), el filósofo danés relata un precioso episodio que se repetía en su infancia:

Cuando Johannes pedía permiso para ir afuera, su petición solía ser rechazada: pero ocasionalmente su padre, como vía de compensación, le ofrecía tomar su mano y llevarlo a caminar arriba y abajo por su casa. A primera vista, esto era un pobre substituto y, sin embargo, como un viejo abrigo gastado, contenía algo completamente distinto. La oferta era aceptada y quedaba en Johannes elegir a dónde irían a pasear. Caminaban a través de la puerta de la ciudad o hacia el palacio aledaño o hacia la orilla del mar o entre las calles -según los deseos de Johannes, puesto que su padre era capaz de todo. Mientras caminaban arriba y abajo por la casa, su padre le iba diciendo todo lo que veía. Saludaban a los paseantes; los carruajes pasaban estrepitosamente, por momentos anegando la voz de su padre; las panecillos frutales de las panaderas eran aún más tentadores. Cualquier cosa que le era familiar a Johannes, su padre la delineaba de manera tan exacta y tan vívida, hasta el más mínimo detalle, y todo lo que le era inusual, de una manera tan minuciosa y gráfica, que después de media hora de caminata con su padre quedaba abrumado y agotado, como si hubiera estado afuera toda la jornada. Johannes rápidamente aprendió el arte mágico de su padre. Lo que antes ocurría como una narrativa épica ahora ocurría como drama; llevaban un diálogo en su paseo. Si iban por caminos familiares, se vigilaban entre los dos para evitar que algo pasara desapercibido. Si el camino era inusual para Johannes, él hacía asociaciones, mientras que la imaginación omnipotente de su padre era capaz de fabricarlo todo, de usar cada deseo infantil como un ingrediente en el drama que estaba aconteciendo. Para Johannes era como si el mundo cobrara existencia en el diálogo, como si su padre fuera Dios y él mismo su favorito, quien tenía permiso para insertar sus propias ocurrencias tan hilarantemente como quisiera, pues nunca era reprendido, su padre nunca se perturbaba -todo era incluido y siempre para la satisfacción de Johannes.

Sabemos que este párrafo es autobiográfico y que Kierkegaard de niño tenía un leve impedimento para hacer ejercicio físico, por lo cual era protegido de esta manera y a la vez estimulado enormemente a ver con el ojo de la imaginación y a construir vívidas historias, no sólo narrativas sino que, eventualmente, dialécticas. De estos paseos imaginativos, sin duda desarrollo su estilo inolvidable de entrecruzar narrativas con su filosofía, de utilizar “personajes”.

Estos ejercicios encantados, con los que se estimulaba tanto la mente como el cuerpo del joven Sören, sin duda nos presentan algo digno y quizá no tan difícil de emular, algo que un padre con paciencia e imaginación podría regalarle a su hijo. Un regalo invaluable, un tónico para la mente que, en esta era en la que la imaginación ha sido reemplazada por el bombardeo de fáciles y adictivas imágenes, necesita urgentemente de un estímulo para despertar la que quizá sea la facultad más alta del ser humano, la imaginación, la luz transfiguradora del espíritu.

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