Anders Sandberg: «Las máquinas harán todo lo que hace el cerebro humano»

El neurocientífico computacional e investigador en la Universidad de Oxford aborda las dimensiones éticas de un mundo dominado por las inteligencias artificiales.

Anders Sandberg, en la Fundación Telefónica – Ernesto Agudo

Anders Sandberg (Estocolmo, 1972) lleva una gran medalla al cuello con las instrucciones para ser crionizado antes de morir. Si un día su médico le dice que está en las últimas, dejará Inglaterra y viajará hasta Arizona, donde será congelado. «Creo que solo tengo un 5% de posibilidades de que funcione, pero son suficientes para mí», dice. Espera que su marido y otros familiares hagan lo mismo, por lo que quizás puedan reencontrarse dentro de miles de años. No está mal por 20 euros al mes. ¿Demasiado excéntrico? Tal vez, pero como investigador en el Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford no es tan extraño que aspire a conocer cómo será el mundo venidero. Si lo consigue, se convertirá en «un refugiado del tiempo». Mientras, el neurocientífico estudia la inteligencia artificial desde el punto de vista ético, social e incluso político. Nos prepara para lo inevitable, una sociedad transformada por máquinas cada vez más inteligentes, con las que tendremos que aprender a relacionarnos. Un panorama inquietante pero que él ve lleno de posibilidades. Lo ha descrito en el Foro Telos, organizado en Madrid por la Fundación Telefónica en colaboración con el Foro de la Cultura.

—La tecnología es algo que nos define como humanos. ¿Por qué ahora parece asustarnos tanto?

—Somos animales tecnológicos, pero nuestras herramientas se han vuelto cada más sofisticadas. El verdadero problema es que tomen decisiones sin nuestra aprobación. Los algoritmos ya deciden qué anuncios mostrarnos, por ejemplo. Esto ha hecho que veamos lo nuevo como peligroso.

—¿Qué dilemas nos presentará la inteligencia artificial?

—Uno de los principales es que no entendemos sus consecuencias, no sabemos cómo controlarla. Y es necesario actuar en ese sentido, porque cuando necesitemos ese control quizás sea demasiado tarde.

—¿Nos va a quitar el trabajo como pronostican?

—Muchos trabajos se han transformado debido a la inteligencia artificial, y veremos sorpresas en el futuro. Los que puedes explicar en unas pocas frases desaparecerán. Por ejemplo, el «telemarketing». Pero no ser filósofo, más complejo de definir.

—¿Podrá un software sentir?

—Creo que hará cualquier cosa que el cerebro humano pueda hacer. Y con esto me pongo a muchos filósofos y científicos en mi contra. Creo que la mejor manera de saberlo es tratar de construir el software, preguntárselo y ver si creemos en sus respuestas. La mayoría de las veces solo queremos herramientas, pero es probable que muchos deseen una tecnología que ocupe el lugar de mascotas o familiares.

—Eso implica una dimensión moral y, por lo tanto, un trato distinto.

—Puede suscitar una discusión similar a la que tenemos sobre los animales, si son o no agentes morales con sus propios derechos. Nos planteamos si somos crueles con ellos al utilizarlos en espectáculos o no tener en cuenta su dolor. Si las máquinas llegan a sentir, podrían convertirse en algo que los humanos debemos cuidar, como un bebé, una persona en coma o un animal. Y quizás un día hagamos máquinas responsables de su acción. Eso sería un gran problema.

—Los robots muy parecidos al ser humano generan cierta repulsión, ¿se convertirán en nuestros amigos o amantes?

—Sí, es posible, aunque es difícil que no resulte espeluznante. Cuesta mucho superar el valle inquietante (el rechazo a las réplicas antropofórmicas).

—¿Tomarán decisiones por nosotros?

—Muchos algoritmos ya lo hacen. Pueden estar equivocados, pero no hay forma de corregir las decisiones de Twitter o Google. El problema con las máquinas no es tanto que tomen buenas o malas decisiones, sino que estas sean rígidas y no puedas cambiarlas.

—¿Podrían rebelarse?

—La cuestión real no es que las máquinas nos odien o quieran dañarnos, sino que sean diseñadas con programas que no se ajustan a nuestros valores y emociones. Lo que hace que una vida humana sea buena es algo muy difícil de traducir a una computadora. Pueden producirse malos entendidos que sean peligrosos o indeseables. Una máquina muy inteligente podría prever nuestra resistencia y tomar medidas racionales para evitar que la detengamos.

—¿Cuál es el escenario más horrible?

—Un mundo dominado por la tecnología en el que las máquinas decidan cosas incompatibles con nuestra supervivencia. Podríamos extinguirnos, pero la economía seguiría creciendo.

Decisiones imprudentes

—¿Nos fusionaremos con las máquinas como dice el transhumanismo?

—Hasta cierto punto ya lo hacemos. Todos tenemos teléfonos inteligentes, parte de nuestras mentes reside en línea y parte de nuestra identidad existe en Facebook y Twitter. Y lo haremos más, aunque el cuerpo humano supone un verdadero desafío para la ingeniería médica.

—¿Qué riesgos tiene algo así?

—Uno de los riesgos más obvios es, por supuesto, la seguridad informática. La gente ya ha descubierto que los marcapasos tienen conexiones inalámbricas pero no tienen contraseñas ni cifrado, y pueden ser pirateados. Y, por supuesto, si pones tu mente en la nube, bueno, la nube puede ser pirateada. También puede perder su conexión. Nos volvemos dependientes de nuestras tecnologías. Yo creo que vale la pena, pero es arriesgado. Podemos tomar decisiones imprudentes, como demuestra nuestro uso de las redes sociales.

—¿Cómo serán los humanos mejorados por la tecnología?

—Como ellos quieran, pero la mayoría de las personas que utilicen estas mejoras probablemente serán muy convencionales, porque normalmente querrán impresionar a otros. Por lo tanto, desearán un aspecto acorde a las normas sociales. Por ejemplo, desearán seguir teniendo una cara porque las expresiones faciales son importantes para comunicarse. Desearán poder hacer gestos. Puede ser que desarrollemos un cuerpo que funcione bien en público y otro que mantengamos en casa para las actividades cotidianas. Creo que la parte más importante de mejorarnos es, por supuesto, que queremos ser más felices y más inteligentes.

—¿Cuál será el desafío más importante cara al futuro?

—Uno es la energía. Si tenemos suficiente, podemos reciclar material indefinidamente, sacar el dióxido de carbono de la atmósfera. Y la buena noticia es que la energía solar se está volviendo muy buena a un ritmo exponencial. Aunque podría no ser suficiente. Otro desafío importante es la coordinación. Necesitamos ser capaces de trabajar juntos para sobrevivir. Hemos mejorado mucho en esto, aunque sea difícil de creer cuando leemos los periódicos. Somos una civilización global. Tenemos la ONU. No siempre es sensata, pero hace años ni siquiera existía. Así que tengo la esperanza de que encontremos mejores formas de unir fuerzas y resolver problemas.